12 de julio de 2008

- URIBE -




La apoteosis de Álvaro Uribe


Tal vez porque está más interesado en derrotar a las FARC que en darles un lugar privilegiado en el orden político de su país, fuera de Colombia el presidente Álvaro Uribe suele ser tratado por muchos bienpensantes como si fuera un ultraderechista rabioso que es plenamente equiparable con los dictadores militares que una generación atrás dominaron buena parte de América latina. Puede entenderse, pues, que el rescate hollywoodense de Ingrid Betancourt y otros catorce rehenes haya provocado una reacción ambigua tanto en el resto de la región como en Francia, el país en que la ex secuestrada francocolombiana se formó.

Si bien nadie se animó a lamentar el golpe demoledor que fue asestado a una organización de delincuentes selváticos que, a diferencia de los hampones comunes a los que tanto asemejan, hablan una jerga de origen marxista que cae bien en ciertos círculos intelectuales, muchos procuraron minimizar el papel de Uribe y de las fuerzas armadas colombianas en el Operativo Jaque al sugerir que todo había sido una puesta en escena ya que, aseguran, los quince fueron liberados a cambio de un pago jugoso.

Una vez en Francia, donde fue recibida como una heroína nacional por el presidente Nicolas Sarkozy, Ingrid misma no tardó en prestarse al juego. Acaso abrumada por las atenciones que le brindó Sarkozy, Ingrid –la que al fin y al cabo es una política profesional– no sólo propendió a atribuirle la responsabilidad de su liberación luego de más de seis años durísimos de cautiverio, sino que también amonestó a Uribe por usar un “vocabulario radical, extremista, de odio” cuando alude a las FARC, reubicándose así entre quienes dicen creer que lo que realmente están reclamando los narcoterroristas es, como dijo, “respeto y tolerancia”. Detalle más, detalle menos, es esta la actitud de Sarkozy y, por motivos un tanto distintos, la del venezolano Hugo Chávez, además de una larga serie de mandatarios colombianos cuyos esfuerzos por ablandar a las FARC colmándolas de concesiones sólo sirvió para fortalecerlas.

Por fortuna, Uribe no cometió aquel error. En vez de resignarse a convivir con un ejército privado –que al igual que la mafia italiana, se especializaba en el narcotráfico, secuestros extorsivos, atentados y asesinatos– optó por actuar como haría cualquier presidente que se precie: atacar frontalmente a las FARC con el propósito de eliminarlas de cuajo para que Colombia dejara de ser una especie de tierra de nadie regida por bandas de gánsteres. La ofensiva liderada por Uribe ha sido un éxito rotundo. Las FARC están contra las cuerdas. Pese a disfrutar de santuarios en países gobernados por simpatizantes como Venezuela y Ecuador, han perdido a sus jefes más influyentes y a más de la mitad de sus combatientes, con el resultado de que hasta Fidel Castro y Chávez les dicen que ha llegado la hora de tirar la toalla. Ya queda poco de la noción de que los farquistas sean guerrilleros románticos que, si bien con métodos a veces desagradables, estén luchando por un mundo mejor contra la injusticia centenaria.

Como no pudo ser de otra manera, con escasas excepciones los colombianos no comparten los puntos de vista de los “amigos” foráneos que afirman querer una solución “pacífica” –o sea, un arreglo sin vencedores ni vencidos en que asesinos seriales se vean recompensados por sus aportes a la armonía social–, al problema gigantesco que plantean las FARC desde hace varias décadas. Ya antes del rescate de Ingrid, tres norteamericanos y once militares y policías colombianos, Uribe era por un margen muy amplio el presidente más popular de América latina. En los días que siguieron al Operativo Jaque, su índice de aprobación superó el 90 por ciento. ¿Sabrá resistirse a la tentación de impulsar una reforma constitucional destinada a permitirle quedarse en la presidencia algunos años más? Si a Uribe le preocupa su eventual lugar en la historia de la región, le convendría abstenerse de sacrificar el respeto por los principios republicanos en aras de sus ambiciones personales, como han hecho, con consecuencias a la larga ruinosas, tantos otros mandatarios latinoamericanos. A esta altura no cabe duda de que si lo quiere podría redactar una nueva Constitución a su propia medida, pero de hacerlo socavaría el respeto por las instituciones democráticas que de otro modo sería su contribución más valiosa al desarrollo político de su país.

El ascenso hasta niveles inverosímiles de la popularidad de Uribe ha coincidido con el descenso, en algunos casos espectaculares, de la de los presidentes que supuestamente encabezaban el presunto “giro a la izquierda” de la región que hace algunos años tanto emocionó a quienes guardan luto por el naufragio del socialismo totalitario en Europa y por la transformación de China en una dínamo capitalista sui generis. Luego de perder un referéndum que le hubiera permitido eternizarse en el poder, Chávez ha visto caer sus acciones debido en buena medida a su incapacidad para manejar una economía inundada por una marejada de petrodólares y, por lo tanto, de corrupción. Mientras que sus amigos de la “boliburguesía” están acumulando y despilfarrando fortunas, los pobres, azotados por una tasa de inflación comparable con la argentina, están hundiéndose cada vez más, lo que, huelga decirlo, no ha ayudado a convencerlos de las bondades del “socialismo del siglo XXI” inventado por el caudillo. Asimismo, las intervenciones a menudo esperpénticas y siempre costosas de Chávez en la política interna de otros países latinoamericanos, entre ellos Colombia ya que en ocasiones ha oficiado de vocero de las FARC, provocan el malestar de compatriotas que preferirían que gastara el dinero en casa.

Poco a poco, la estrella de Chávez se apaga: por cierto, no brilla últimamente con la misma intensidad que la de Uribe, aunque por ser el colombiano un “derechista” nadie lo considera tan importante para el futuro de la región como su vecino. También ha perdido lustre la imagen del boliviano Evo Morales que se enfrenta a la rebelión de la mayoría de los departamentos –las provincias– de su país. Aunque sigue disfrutando del apoyo fervoroso de los indígenas paupérrimos del Altiplano, su deseo comprensible de promover los intereses de grupos étnicos tradicionalmente rezagados ha provocado la reacción de quienes no se identifican con ellos. Puesto que en la Media Luna autonomista, cuando no secesionista, se encuentra el grueso de los recursos materiales de Bolivia, no puede descartarse la posibilidad de que tarde o temprano una declaración de independencia unilateral desate una guerra civil en que Chávez trataría de participar.

Un tercer mandatario de retórica izquierdista, el ecuatoriano Rafael Correa, se halla en apuros en parte por los vínculos de su gobierno con las FARC, pero también porque sus conciudadanos están dándose cuenta de que fueron huecas sus promesas de justicia social. Por lo demás, su estilo iracundo, parecido al patentado aquí por Néstor Kirchner, sigue levantando ampollas. No sorprendería, pues, que pronto exhibiera un índice de aprobación tan escuálido como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Aunque ni a ella ni a su marido les gusta verse incluidos con Chávez, Morales y Correa como miembros del club populista, parecería que a juicio de la mayoría de los argentinos tienen mucho más en común con los tres que con mandatarios sensatos como Uribe, Luiz Inácio “Lula” da Silva, Michelle Bachelet o Tabaré Vázquez.

Los populistas se caracterizan por su costumbre de atribuir todos los problemas habidos y por haber a abstracciones como “el imperialismo”, “el capitalismo” siempre “salvaje” y, desde luego, el “neoliberalismo”, lo que a su entender los libra de la necesidad de tomar medidas prácticas a fin de resolverlos o de prepararse para enfrentar el futuro. En tiempos de bonanza internacional cuando los precios de las materias primas están por las nubes, los dirigentes populistas pueden disfrutar de algunos años de gloria, pero debido a su adicción al “corto plazo” sus gestiones siempre terminan mal. Venezuela, Bolivia y la Argentina ya han ingresado en la fase inicial de una crisis que se agravará mucho en los meses próximos, pero a raíz de sus deficiencias intrínsecas sus gobiernos no podrán hacer mucho más que tratar de aprovechar las dificultades crecientes en beneficio propio, imputándolas a los enemigos siniestros –todos “golpistas”– que, según ellos, están movilizándose en su contra.

Dicha forma de reaccionar no inspira confianza, razón por la que, a menos que sean especuladores natos, los inversores internacionales han elegido tratar a tales países como parias, abandonándolos a su suerte. En cambio, los gobiernos de Brasil, Colombia, Chile y Uruguay parecen estar en buenas condiciones de sobrevivir a las tormentas financieras y económicas que se avecinan, de modo que es de prever que en los años próximos siga creciendo su poder relativo en la región de los países manejados por moderados en desmedro de aquellos cuyos votantes cometieron el error de confiar en demagogos, aunque sólo fuera porque la oposición local les pareció todavía menos capaz o, en los casos de la Argentina y Bolivia, demasiado civilizada como para garantizar la gobernabilidad.


Por JAMES NEILSON, PERIODISTA y analista político,
ex director de “The Buenos Aires Herald”
Ilustración: Pablo Temes
Revista Noticias

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