24 de abril de 2009

- CAMPAÑAS -















Cuando faltan carisma, identidad y sistema de partidos

Plataformas de lanzamiento

Beatriz Sarlo
Para LA NACION
Noticias de Opinión


En julio de este año nadie recordará esta nota. Las elecciones habrán tenido lugar y las actuales peripecias rocambolescas de los candidatos se resumirán en los resultados, que, según parece hasta hoy, serán moderadamente adversos al kirchnerismo. La cuestión pasará a ser otra: cómo se ejerce un poder carcomido por el éxodo incluso de aquellos que juraban incondicionalidad. De todos modos, sólo una minoría sigue interesada en develar las razones efímeras de las inscripciones en el libro de pases.

No se trata simplemente de que una mayoría no tenga ni el tiempo ni la vocación de seguir esos arabescos; no se trata, como se acostumbra decir con simplificadora verdad, de que a la gente le interesen otros problemas; ni siquiera se trata de enumerarlos, porque todos sabemos que, en orden variable, conservar un puesto de trabajo o un subsidio, o conseguirlos, resguardar la capacidad adquisitiva de los ingresos, comer todos los días, en el caso de los indigentes, comer un poco mejor, en el caso de los pobres, no enfermarse, ir a la escuela y encontrar allí una educación digna, asegurarse la tranquilidad en el espacio público y privado, son los "temas de la gente". Esos temas no tienen solución fuera de la política y, por lo tanto, lo que sucede en su espacio decide si habrá o no salida para los millones que tienen que hacer algún reclamo. Los problemas que interesan a la gente son los problemas que deben resolver los gobiernos y, salvo en caso de dictadura, los gobiernos salen de las elecciones.

Hay tres elementos que acercan la sociedad a la política. No voy a enumerarlos por orden de importancia porque están entrelazados tanto en la tradición argentina como en la de muchas otras repúblicas. Para empezar por algún lado, está el carisma de una figura que logra traducir en lenguaje y práctica las necesidades colectivas y trasmite ideas que hasta ese momento no lo parecían, pero que se convierten en movilizadoras. Ese fue el caso de Alfonsín: creyó que la transición democrática tenía como pieza maestra el juicio a las tres juntas militares responsables del terrorismo de Estado. Hasta él, sólo grupos muy minoritarios lo reclamaban. Después, mayorías amplias creyeron, incluso, que se había hecho demasiado poco. En el terreno simbólico, fue también Alfonsín quien, prescindiendo de un discurso directamente pedagógico, trazó una genealogía de república democrática y avanzada, que comenzaba con Carlos Pellegrini, pasaba por Perón, por los socialistas y terminaba en su propia figura encarnando el radicalismo. También en este plano simbólico, reactivó el Preámbulo de la Constitución, que, hasta que él comenzó a recitarlo, no estaba dotado del poder que demostró en aquellos actos masivos.

El segundo elemento es la creación o reactivación de identidades. Durante sus primeros años de gobierno, Kirchner creyó posible prescindir de ese sustrato. Eran años en que soñaba con la transversalidad para no quedar encerrado dentro de un aparato partidario que no controlaba. La transversalidad no tuvo tiempo de realizarse y, hablando en serio, no tenía oportunidad ninguna si el proyecto lo encabezaba un hombre acostumbrado al apriete o la cooptación más que al diálogo con interlocutores diferentes. Por eso, Kirchner volvió, en un mismo acto, a la simbología y las oposiciones ideológicas de la vieja identidad peronista, al tiempo que conquistaba el aparato partidario bonaerense, que, bajo Duhalde, no le respondía. Las dos cosas sucedieron juntas y son inescindibles. La noche en que notables del duhaldismo, después de perder las elecciones, corrieron a la Casa Rosada a presentar su lealtad al nuevo señor fue una síntesis, si se quiere brutal, de ambos cambios.

El tercer elemento es, finalmente, el sistema de partidos. Es sabido que su representatividad está en crisis, algo que sucede también en otros países de Occidente. En el paisaje de partidos en crisis se implantan liderazgos posmodernos o neocarismáticos (carisma ejercido y recibido básicamente en los medios) que trabajan, según les convenga, adentro o fuera de las identidades políticas.

Si se piensa en Perón, Balbín, Palacios, Frondizi, Alfonsín o Menem, los liderazgos contemporáneos exhiben más diferencias que similitudes. En ocasiones, están apoyados en grandes prestigios ganados en largas campañas, en cualidades intelectuales o morales, en persistencia y tenacidad, en capacidad de decisión en los momentos precisos. Con alguna conciencia de que son distintos a los dirigentes históricos mencionados, el periodismo se refiere hoy a los "referentes", palabra no sólo menos ambiciosa, sino también menos comprometida con las cualidades que demostraban los carismáticos del pasado. La muerte de Alfonsín es el último ejemplo de liderazgo tradicional: como el Cid Campeador, ganó una batalla durante los días que duró su vigilia. Kirchner, a diferencia de Perón, no es amado ni admirado, sino temido; no se le reconoce sabiduría política ni originalidad, sino audacia, y, hasta hace dos años, buena suerte.

Nadie podría afirmar que Julio Cobos es un dirigente carismático. Sin embargo, se ha convertido en uno de los políticos populares de la Argentina. Esa popularidad la recibe en circunstancias completamente anormales y sin antecedentes: vicepresidente de un gobierno, vota en contra de una ley que ese gobierno considera fundamental. En cualquier otra circunstancia se hablaría de una traición, palabra sólo empleada por los más duros críticos. Enseguida, Cobos comienza un camino de retorno al partido radical, del cual había sido expulsado "de por vida" cuando decidió ofrecerse como candidato a la vicepresidencia de un gobierno kirchnerista. Ese camino de regreso está lleno de misterios: ¿va a hacer campaña contra el gobierno del que forma parte? Si renunciara, no pondría en juego la estabilidad de la República, ya que hay una sucesión constitucional que está ocupando sus lugares. Pero nadie sabe si va a renunciar; intríngulis en sí mismo completamente extraordinario, porque no lo asiste la única razón para quedarse, es decir, la estabilidad de las instituciones. O quizá piense que la presidencia puede caerle en las manos si una derrota electoral pusiera a los Kirchner, por propia decisión, fuera de la Casa Rosada, eventualidad que algunos de los hiperkirchneristas más torpes y sinceros han pronosticado públicamente, no se sabe si como amenaza o como promesa.

El dilema de Cobos es la ubicuidad. ¿Hasta cuándo es aceptable que sea vicepresidente? En ausencia de un sistema de partidos, este interrogante podría resolverse en soledad o con los consejos oficiosos que no se escuchan en los debates abiertos.

Un dilema menor, pero no menos interesante, apresó algunas semanas a Gabriela Michetti. De modo completamente pospolítico, Michetti no tiene asistencia perfecta a la Legislatura porteña, donde debería vérsela (es decir, que forma parte de los políticos más o menos ausentistas), pero goza de una popularidad cuyo origen y tema son casi únicos: el diálogo ayuda a resolver los conflictos y a través del diálogo se logran acuerdos incluso entre quienes, poco antes, ocupaban posiciones irreconciliables. Esta confianza blindada desafía todo realismo, ya que, en ocasiones, el diálogo no concilia posiciones; por eso, en las instituciones de la República se establece la votación. Michetti no ha salido a dialogar en ninguno de los casos calientes de la ciudad de Buenos Aires. Simplemente, no hace política activa, sino que demuestra su persuasión repitiéndola discursivamente y, por milagro del carisma mediático, mucha gente ha resuelto creerle (o eso informan los encuestadores a Mauricio Macri).

Tal es la convicción que Michetti exuda que Elisa Carrió, una política que sabe confrontar, una política intelectual y moderna, la ha rodeado de manifestaciones de afecto. El respeto entre políticos en competencia es importante; el afecto es un agregado que interesa menos, aunque en la etapa mediática de la política alguien como Carrió lo mencione con frecuencia y referido a distintos destinatarios. Pero todos saben también que Carrió, al hacerlo, está reconociendo en Michetti una competidora contra la que no le gustaría perder en su plaza; reconoce el misterio del atractivo sentimental y mediático.

Por su lado, Michetti trata de decir que su paso de vicejefa de gobierno a cabeza de lista como diputada nacional no responde a la misma lógica de los candidatos testimoniales inventados por Kirchner. La diferencia residiría en que ella va a renunciar y está dispuesta a asumir, mientras que Scioli no. Pero algo los asemeja: ambos están allí donde pueden contribuir a una victoria. Cuando Michetti fue elegida vicejefa de gobierno, Macri sólo quería ganar la ciudad; ahora quiere ganar un lugar en la próxima carrera presidencial. Esta instrumentalidad de los lugares ocupados por las personas es lo que iguala a Michetti y Scioli. Están donde conviene, no importan las obligaciones contraídas, sobre todo porque tanto Kirchner como Macri tienen la hipótesis de que pocos van a reclamar que se cumpla un compromiso.

En este paisaje, los esfuerzos de la UCR dirigida por Gerardo Morales, su congreso, sus elecciones internas, sólo a los cínicos podrían parecerles rémoras de un partido donde a los cuadros les encanta reunirse, discutir y votar no importa lo que suceda después. La existencia de un partido que no sea simplemente una plataforma de aterrizaje y despegue de candidaturas es, en sí misma, una reivindicación de la política que muchos llaman tradicional, adjetivo que puede tener varios sentidos y no todos necesariamente negativos. La misma observación podría hacerse de la paciente constancia con que Rubén Giustinani ha mantenido a la mayoría del Partido Socialista en su alianza con la Coalición Cívica.

Frente a la reorganización del partido radical, que muchos daban por muerto, el dinero de un millonario implanta una ley que antes no se conocía, operando con igual desparpajo. Por suerte, no se trata de recursos públicos; por desgracia, muestra que si no se cambian las normas de financiamiento de la política, las elecciones pueden convertirse en una mesa donde juegan los ricos por el hecho de serlo. Francisco de Narváez ha fundado su escudería. Así logró subordinar a un político con la trayectoria de Felipe Solá, que debió aceptar que la prepotencia de una inversión publicitaria le daba a De Narváez más puntos en las encuestas que el haber gobernado la provincia de Buenos Aires en la peor crisis argentina y, acto seguido, haber sido ninguneado por Kirchner.

La peor conclusión que podría sacarse es que quien tiene plata hace lo que quiere. Si fuera así, no es sorprendente que las candidaturas sean valencias libres que se asocian en móviles plataformas de lanzamiento para cada coyuntura electoral.

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