20 de enero de 2009

- EQUIDAD -




La equidad es tambien una razon economica

Distribuir para salir de la crisis


Juan José Llach
Para LA NACION
Noticias de Opinión



En una cola de varias cuadras de largo, desempleados esperan ayuda alimentaria en Detroit, donde hoy se estima que uno de cada tres habitantes vive en la pobreza

La magnitud de la crisis que nos embarga podría haberse moderado si agentes económicos y gobiernos hubieran sido solo un poco más virtuosos. La clave del derrumbe fue la burbuja previa, con inmuebles y otros activos llegando a valores infundados, de cuya caída sólo podían dudarse la fecha y la velocidad. Las causas de las burbujas esperan todavía al premio Nobel que las descubra, pero podemos conjeturar que no son ajenas a comportamientos humanos tales como la codicia a escala global, los desbordes consumistas financiados con deuda en los EE.UU. y algo menos en Europa; y en espejo, los excesos de ahorro en Asia, posibilitados por bajísimos salarios. En fin, gruesas faltas de transparencia y control de los sistemas financieros en el mundo desarrollado. Moderando estos excesos, es cierto, se habría crecido algo menos, pero la burbuja habría sido menor y el final de este ciclo económico tanto más suave. Saber si esa moderación era posible, y cómo, no es una especulación vana; si no se corrigen las causas, pueden reaparecer con fuerza a la salida de esta crisis, llevando a la economía mundial a una situación aun peor.

Estas discusiones suelen confinarse al clásico debate entre mercado y Estado. En clave justiciera, ideologías opuestas buscan las culpas de uno u otro. No les falta razón, porque ambos han fallado. Políticas muy expansivas y deficientes regulaciones cargan el platillo estatal de la balanza. La propia burbuja, más bancos y banqueros irresponsables, o aun delincuentes, pesan sobre el platillo del mercado. Pero los cazadores de culpas no dan cuenta cabal de la burbuja ni de su explosión, y tampoco lo logra el argumento genérico de que las crisis son intrínsecas al capitalismo. En cambio, una mirada a las sociedades y a las culturas ayudaría a echar luz. Están los clichés de humanos codiciosos, gobiernos influenciables por los financieros, americanos consumistas, asiáticos ahorrativos, europeos parsimoniosos, con algo de verdad. Pero hay que analizar más hondo, por ejemplo, en los factores sociales que inciden en el ahorro y el consumo.

El consumo privado de los países desarrollados es casi el 50% del PBI mundial. Y cuanto más envejecida sea la población, menor tenderá a ser el ahorro. También se cree que, dado que los ricos ahorran una mayor proporción de su ingreso, las sociedades más igualitarias serían más consumistas. Sin embargo, la influencia de la demografía no es lineal. En los países en desarrollo, la proporción de adultos mayores de 64 años, en relación con los de 15 a 64, es dos veces menor que en los desarrollados y tres veces menor que en Europa y Japón; pero hay grandes diferencias entre ellos: los asiáticos ahorran el doble que los latinoamericanos y entre los desarrollados ocurre algo similar.

Mirando sólo el ahorro personal, dejando de lado el de las empresas, las diferencias son sorprendentes. Mientras en Australia y EE.UU. el ahorro personal llegó a ser cero o negativo, en Alemania y Japón alcanza al 12% y 18% del ingreso disponible. El argumento de que las sociedades igualitarias ahorran menos se derrumba cuando vemos que los ahorrativos alemanes y japoneses tienen también una distribución del ingreso mucho más igualitaria que los australianos o norteamericanos. Sus pirámides poblacionales más envejecidas no alcanzan a explicar tamañas diferencias.

Una de las claves para resolver sostenidamente los problemas de la economía global es que los americanos se endeuden menos y ahorren más, y que hagan lo contrario los asiáticos, y en menor medida algunos de los europeos. Pero en el corto plazo hace falta que todos consumamos más. Los norteamericanos, cuyo consumo es nada menos que 20% del PBI mundial, ya están gastando menos, y esto es un problema. Para compensar una caída del 5% en el consumo de los EE.UU., se necesitarían improbables subas del consumo del 24% en Asia o del 3.4% en Europa y Japón.

Por ello, las recetas para evitar hoy una depresión no son iguales a las necesarias para una salida más perdurable. Si ampliaran su mirada, los líderes mundiales verían una de las claves para al mismo tiempo evitar la depresión y reactivar de manera sostenible: impulsar políticas globales y nacionales para una distribución más equitativa del ingreso. Un aumento del ingreso de los pobres no sólo les permitiría satisfacer sus necesidades básicas, también daría lugar a un patrón de consumo global más genuino, y por ello más estable,y permitiría además mejorar la seguridad global y nacional desde la equidad social.

Por cierto, esto sería un reconocimiento hacia el mundo en desarrollo, que está sufriendo una crisis muy grave que no generó, y cuyas sensatas políticas de la última década han evitado hasta ahora una debacle aun peor. Claro que un mayor consumo de los países en desarrollo sería insuficiente para reactivar la economía mundial; debería acompañarse, como viene argumentando Krugman, por políticas de aumento del ingreso de los más pobres en los países desarrollados. Es de esperar que el presidente Obama lidere este cambio del enfoque de la globalización. No será fácil. Por dar sólo un ejemplo, subyace el aun sordo conflicto de los tipos de cambio.

Una desvalorización del dólar respecto de las monedas de Asia, en parte ya hecha contra el yen, ayudaría mucho a aumentar el ahorro americano a mediano plazo, vía mayores exportaciones y menores importaciones y, por la vía opuesta, a aumentar el consumo en Asia y, con su impulso, en todo el mundo en desarrollo. Leyendo las notas de Henry C. K. Liu en Asia Times ( www.atimes.com ), se apreciará que subyace un conflicto mayúsculo al respecto, y que Asia sólo se avendrá a revaluar sus monedas en el marco de un programa amplio, renovado y consensuado de reconstrucción global.

Los desafíos para la Argentina muestran algunas semejanzas, y bastantes diferencias. Por un lado, como certeramente argumentó aquí Ernesto Kritz días pasados, es amplio el margen no utilizado para desarrollar genuinas políticas pro-equidad, centradas en preservar el empleo existente, mejorar sustancialmente el seguro de desempleo y la calidad del empleo, atacando el corazón de la informalidad, y construir una red de contención para los trabajadores no protegidos que pierdan ingresos por la crisis.

Por otro lado, estas políticas encuentran dos limitaciones significativas. El ahorro público ha sido insuficiente en los últimos años, y esto acota las mencionadas políticas u otras como las de promover la construcción, cruciales en la coyuntura. El ahorro privado, en cambio, sí ha sido abundante, pero buena parte del mismo se fugó y se sigue fugando del país. Evitarlo es crucial para salir de la crisis creciendo y con mayor equidad. Para ello, lo relevante no es el artilugio del blanqueo, sino regenerar cuanto antes las confianzas perdidas.

El autor es sociólogo y economista

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