18 de enero de 2009

- Y LA NAVE VA... -



La nave de los locos de los medios


En Historia de la locura en la época clásica, Michel Foucault rescata el mito de la nave de los locos o nef des fous, un extraño barco ebrio que transportaba su cargamento insensato por los ríos de Renania.



Por Jorge Fontevecchia
Diario Perfil




En Historia de la locura en la época clásica, Michel Foucault rescata el mito de la nave de los locos o nef des fous, un extraño barco ebrio que transportaba su cargamento insensato por los ríos de Renania. En 1492, Sebastian Brant escribió su obra maestra, Das Narrenschiff (La nave de los locos), en la que relata el viaje al país de la locura (Narragonia) de personajes de diferente extracción social, cada uno de los cuales encarna un vicio humano. Cuenta Foucault en su libro, y en el capítulo que precisamente llamó Stultifera navis (Nave de los necios), que en la Edad Media se había colocado a la locura en la categoría de los vicios que predecían el reino de Satán y el fin de los mundos. Los pasajeros de la incontrolable nave eran “aquellos que se entregan a la orgía y el desorden e interpretan mal las Escrituras”.

Esa es la impresión que tengo sobre el Gobierno y su política de medios: que interpreta mal las Escrituras. Que los operadores que utiliza para instrumentarla son de “diferente extracción social” pero cada uno “encarna un vicio humano”, como contaba Brant de su Nave de los locos. Y que con sus crecientes intervenciones en los medios, coronadas esta semana con el posible levantamiento del programa radial de Nelson Castro, va camino a crear un perfecto manicomio periodístico.

¿Adónde va, comprando radio tras radio y publicación tras publicación? ¿No comprende que es una locura, que no puede engañar a periodistas, anunciantes y audiencias, y que, como a la nave de los locos, se lo rechaza en cada puerto que atraca?

Esta embarcación es una poderosa metáfora de múltiples significados, entre ellos el del viaje de expulsión que emprenden dementes y lunáticos que no pocas veces conforman una tripulación relacionada con el poder, lo que motivó decenas de ensayos y libros que interligaron locura y poder partiendo del mito de la Stultifera navis.

Si no es desde el desapego de la razón, ¿de qué otra forma explicar que en el canal público de televisión se censure explícitamente la participación del vicepresidente y el gobernador de Córdoba durante el festival folclórico de Jesús María, como hizo Canal 7 el sábado pasado?

Quienes tienen llegada al Gobierno sostienen que hay dos líneas dentro de aquellos que construyen o ejecutan la comunicación de éste: los materialistas y los ideológicos. Entre los primeros se encontrarían Pepe Albistur, secretario de Medios del Gobierno nacional, y Sergio Szpolski, propietario de las revistas 7 Días, Veintitrés, Miradas al Sur y la edición local de Newsweek, más los diarios El Argentino y Diagonales, de La Plata, y el diario económico BAE, quien recientemente compró una parte de Radio del Plata, donde se estaría levantando el programa de Nelson Castro, también acaba de adquirir las radios América y Aspen y le adjudican haber comprado el diario El Atlántico, de Mar del Plata, y radios de esa ciudad.

En el segundo sector, el de los ideológicos, se encuentran varios de los impulsores del grupo intelectual Carta Abierta, quienes dicen horrorizarse al ver al Gobierno aliado con canales como C5N y Radio 10. Ellos critican la política de comunicación oficial, quizá sin comprender que no se trata de la política de comunicación sino de la política a secas, porque el mismo maridaje que se despliega con medios ideológicamente en las antípodas de un pensamiento progresista se concreta con Aldo Rico dentro de su partido. Este sector de intelectuales, sin duda más coherente y sólido ideológicamente, tiene como referente y ejemplo al exitoso director del Canal Encuentros y actual presidente del Sistema Nacional de Medios Públicos, Tristán Bauer, de quien depende el Canal 7 que censuró a Cobos y Schiaretti.

Cada vez que apelan a la censura para silenciar a un medio, un periodista o un político, logran el efecto contrario y esa persona es elevada en la consideración del público. Cada vez que lanzan o compran un medio de comunicación, sólo logran conectarse con una mínima audiencia y hacer insignificante su prédica. ¿Hay otra causa, aparte de la necedad, que justifique que no se aprenda, de una vez por todas, que esa estrategia no sirve? ¿Algo más que un alejamiento de la realidad y una vida encerrada en el círculo de adulones sin contacto con lo objetivo podría explicar tanta recurrencia en el error?

Lo mismo que hoy le hacen a Nelson Castro le hicieron a Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco y Víctor Hugo. Los resultados están a la vista: a pesar de que las persecuciones del Gobierno producen daños en el corto plazo, el prestigio profesional de todos estos periodistas y la adhesión que despiertan en sus audiencias no paran de crecer.

Tapar el sol con las manos y duplicar la apuesta son tácticas cortoplacistas que se derrumban solas. Por ejemplo, en diciembre de 2008, la revista Veintitrés publicó una nota de tapa con una solicitada promovida por ella misma y firmada por algunos artistas que manifestaban su repudio a un artículo de la revista Noticias sobre los pagos del Gobierno a los artistas que contrató para eventos especiales. Pocas ediciones después, esa misma revista publicó que yo era el ideólogo de un think tank originado en una fundación filogolpista que integraban, entre otros, el ex general Suárez Mason, usando como único sustento que esa fundación me había otorgado un premio. Cansado por la repetición del ataque, aclaré que nada tenía que ver con esa fundación y mucho menos con el ex general Suárez Mason. Y respecto de la solicitada en contra de la revista Noticias, me constaba al menos el caso de una artista, Graciela Borges, que no la había firmado a pesar de que la revista Veintitrés decía que sí lo había hecho.

A la semana siguiente, la revista Veintitrés publicó que Graciela Borges había llamado a la redacción para desmentir lo escrito en esta contratapa y que la falsedad de PERFIL era doble, porque además yo había recibido el premio de la fundación que dije no haber recibido.

Finalmente, Veintitrés tuvo que publicar una carta aclaratoria de Graciela Borges, donde ella dice “no firmo solicitadas” y “no haría de hecho nada en contra de PERFIL porque me une con Fontevecchia una vieja amistad de más de veinte años”. Respecto a la segunda “falsedad” sobre que yo recibí un premio que dije no haber recibido, Veintitrés reproduce la primera parte de mi párrafo: “Ni fui a recibir el premio”, omitiendo la que dice: “Por una mínima cuestión de buena educación, acepto que los entreguen en la editorial u otra persona los reciba en mi nombre, como fue en este caso”.

Así es la política de comunicación del Gobierno: inconsistente como su ideología, lábil, gaseosa, sinuosa, también brutal y agresiva, pero con pies de barro. Nelson Castro, uno de los periodistas más creíbles del país, no saldrá silenciado, sino al revés: su voz se verá amplificada por la torpeza de un Gobierno que siempre “interpretó mal las Escrituras”, como los locos de la Stultifera navis.

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