5 de julio de 2007

- PUNTA DEL ESTE -




Un siglo de vida esteña


Hoy 5 de Julio cumple sus primeros 100 años
el balneario más internacional de América



Hay un momento en que Punta del Este emociona todavía más. Ocurre cada atardecer, cuando llega la hora exacta en que el sol cae y se despide con un estruendo rojo sobre el mar. Cuando eso pasa, no hay palabras; sólo silencio y color. El rito acumula siglos, es cierto. Pero la noticia es que este jueves cumple sus primeros cien años como sello distintivo –único e irrepetible– de la ciudad que es sinónimo de paraíso.

¿Quién diría? Hace un siglo, lo que hoy es el balneario más internacional de América del Sur era sólo un caserío llamado Villa Ituzaingó, una referencia que apenas se distinguía entre la inmensidad de los médanos, el mar abierto, la impiedad del temporal, las gaviotas y los bosques de pinos, que por entonces echaban su primera sombra gracias al tesón de Antonio Lussich, el empedernido pionero que, siembra mediante, se propuso con ellos hacer frente al viento y domesticar el paisaje de modo de hacerlo más amigable a la vida cotidiana.

Hoy, mil rostros tiene la ciudad cuyas chimeneas echan humo de leña cuando llega el invierno, sosegado y ocre, que disfrutan quienes son ya sus pobladores de todo el año. Y que luego, cuando llega el verano, se vuelve celeste, dorada y estridente para ratificar, temporada tras temporada, el mito de lo interminable de sus playas con un abrazo cada vez más amplio, que acoge todas las caras. Todas caben. Todas tienen sitio.

Punta del Este es tumultuosa, pero también exclusiva. Y es internacional, pero el ritmo que la hace latir cada verano es el que inyectan los argentinos. Y es la más moderna, pero también la más clásica. Un clásico que cumple su primer siglo. Por aquí pasan, todos los años, las modelos más lindas del mundo. Pasan el ruido, la moda, la buena cocina, el buen gusto, el arte, el espectáculo y las conferencias. Y antes, no mucho antes, por el mismo sitio pasó, por ejemplo, Ernesto “Che” Guevara, vestido de miliciano y mate en mano, para hablar, en este enclave exclusivo, de “revolución”. Pasó también, y cayó enamorado, Vinicius de Moraes, quien puso música a la península con sus inolvidables noches de bossa nova en La Fusa. Y pasó la risa con Les Luthiers, y tanto pasaron que uno de ellos, Daniel Rabinovich, quedó atrapado por el encanto y echó raíces.

Punta del Este atrajo muy pronto, mucho antes de ser lo que hoy es, a un puñado de argentinos que encontraron en sus playas un paraíso cercano y de privacidad garantizada, dada la epopeya que, hasta hace pocas décadas, significaba llegar aquí. Mucho antes, por cierto, de que los cortes de rutas de esta temporada se impusieran como obstáculo insalvable del viajero. Y cruel barómetro del incomprensible desencuentro entre dos gobiernos hermanos.

Antes, mucho antes, Punta del Este fue el paraíso de mujeres como Amalita Lacroze de Fortabat; Leonor de Anchorena, María Luisa Bemberg. Y de Silvina Bullrich, que escribió entre los pinos y el mar. Fue la tierra que, como pionero, visitó el presidente Julio Argentino Roca, cuando la Argentina despertaba. Y la que fue testigo de la triste reflexión de don Arturo Frondizi, cuando – después– el sueño se volvió pesadilla.

Pero llegan los sueños de descanso. Y en sus orillas descubrió Astor Piazzolla la pasión por la pesca, con la que reposaba en silencio, mirando el mar. Y bajo sus estrellas dejó, impaga, la deuda de un concierto, cerca del cedro azul del que fue su jardín, que a veces parece llorarlo con un aire de Adiós, Nonino arrancado por el viento cuando arrulla cerca de la parada 22 de La Brava.

“Amaba muchísimo la vida y era un enamorado del mar de Punta del Este”, evocó en su momento Amelita Baltar, quien puso voz y alma a la célebre Balada para un loco. El contaba su pasión por esa ciudad todavía silenciosa con cierto tono de chico de arrabal. “Porque estoy enamorado de ella: cerca de Buenos Aires y lejos de lo que no quiero ver”, decía Piazzolla.

Antes, llegaron y buscaron refugio –sin custodia ni garita– los españoles Margarita Xirgu y Rafael Alberti. La casa que fue de ella es fácil de ubicar: se llama como su apellido y está allí, cerca de La Mansa, con un blanco que por la tarde se vuelve rosado para despedir al sol.

En la década del 40, huyendo del franquismo, llegó por primera vez Rafael Alberti. Su casa se llamó La Gallarda, y en su libro Poemas de Punta del Este él mismo describe el cuarto de trabajo que había montado cerca del mar, donde se sentía vital y lleno de entusiasmo. “Siempre me suelo levantar y, sobre todo aquí, en los pinos del Este, antes del alba. Así, a las 10, cuando ya he ganado, trabajando, cinco horas de vida, muchos siguen durmiendo y otros comienzan. Porque son los gallos y no la luna los que iluminan de alegría el papel de mi primera palabra. Y porque, de la neblina del amanecer, se va desprendiendo, poco a poco, la neblina del poema”, escribió.

Y es difícil que esa conmovedora descripción del fantasma de la neblina abriendo paso hacia el sol y hacia el gallo no venga una y otra vez a la memoria en alguna caminata de playa interminable, al alba. Porque, después de eso… ¿quién tiene ganas de quedarse dormido y perder la vida cuando el sol llama desde el horizonte?

Ni mansa ni brava



La orilla. La orilla propia, la uruguaya, llamó a los suyos a la Punta. Y fue cobijo de Carlos Páez Vilaró, que dio forma de castillo y de sueño al vaivén blanco de Casapueblo. Pero su primer refugio y atelier no fue ése, sino un vetusto molino, desnudo de aspas. Hoy, como todos los puntaesteños “de pura cepa”, teme que la rueda sin fin que tanto empuja termine por arrasar la esencia. Y ruega al cielo –y a las autoridades– que pongan orden al crecimiento para que la belleza no se pierda. Nunca. Porque “no creo –dice Páez Vilaró– que la belleza de la naturaleza y la calidad de los habitantes tengan la fuerza suficiente para fijar límites a ese avance tentador de la inversión internacional que hoy la desborda”.

Es que antes –pero no mucho antes– de esa comprensible inquietud de quien ama por lo amado, la punta había sido tierra del comodoro Juan Gorlero. Y del inolvidable líder del Partido Blanco Wilson Ferreira Aldunate. Y de los ex presidentes Luis Alberto Lacalle y Víctor Haedo, cuya casona, La Azotea, tuvo siempre puertas abiertas –y mesas interminables con el habitual menú de tallarines– para todo aquel que tuviera “conversación inteligente”. Hoy atesora un interesantísimo museo y, de la mano de Beatriz Haedo, la hija del segundo, es un acogedor centro cultural, de esos que no pueden ni deben perderse. La inagotable generosidad de su anfitriona abre propuestas y jardines, y “pone el hombro”, con el único requisito de que lo que allí se monte “sea inteligente y de buen gusto”. En eso, sin duda, también aprendió de su padre.

Hoy, a Beatriz le sonríe el rostro y se le iluminan los ojos cuando habla de la Punta del Este de su vida. Esa por la que tanto pasó y de la que tanto supo. Y dice, con la sabiduría de la síntesis, en una charla en su casa de Buenos Aires, desde un balcón con proa al río: “No es cuestión de bolsillo, sino, sobre todo, de buen gusto. De buen hacer. De buen vivir”. No hay modo de ocultarlo: a Beatriz Haedo de Llambí, Punta del Este le late en el alma. Y en la piel.

Décadas de leyendas y de sueños tejidos en el sitio exacto donde el Río de la Plata y el Atlántico se funden en una punta con dos playas –una mansa y otra brava– según la firmeza que lleva la inquietud de las olas, entre la fuerza del mar y la serena terquedad de nuestro río. La geografía donde hoy, por ejemplo, se habla de otras cosas. Como de esa fenomenal fortuna que se llevó una mujer, el verano pasado, en una tarde de suerte en las maquinitas del Conrad. O del “mayor robo de la historia” del balneario, ocurrido hace poco, cuando desapareció medio millón de dólares en alhajas de un chalet en la ruta a José Ignacio,

Según cuentan, antes –no mucho ante– Punta del Este no era ni brava ni mansa. Sí, un poco más serena. Amalia Lacroze de Fortabat, por ejemplo, se acuerda del tiempo en que las casas no sólo no tenían rejas, sino que ni siquiera se cerraban con llave al salir. “Es que al principio éramos siempre los mismos. Era una situación increíble, que no ocurre ahora ni creo que vuelva a ocurrir”, dice.

Pero quien sí asegura que cambia en Punta del Este es ella misma, que se vuelve más informal y abierta. Y que, personaje al fin, invita: “Cuando estés por allí, no dejes de llamarme y seguimos hablando. Te venís a casa en jeans, así nomás. No creas que yo soy del tipo estirado”, insiste.

Pero, por las dudas, advierte: “Eso sí, avisame antes, porque no se entra así nomás”. Y es que los tiempos –efectivamente– han cambiado, y la seguridad y los custodios que la ejercen se vuelven como sombras. Unas sombras de las que antes no había. Y que hoy están.

Lo que sí cuenta Amalita es que ya por entonces estaba Silvina Bullrich, la infatigable escritora del vozarrón inconfundible. Una de las mejores cronistas sociales que tuvo el balneario y que en los setenta anticipaba en las páginas de La Nacion el cambio inexorable del balneario, en el combate –inútil, por otra parte– que el crecimiento libraba contra “las torres” de departamentos.

“Silvina Bullrich siempre trabajaba mucho en Punta del Este. Siempre estaba haciendo algo”, evocó Amalita, tal vez con algo de identificación personal hacia una mujer que, como ella, no parecía detenerse nunca.

Silvina dejó su huella en Punta del Este. Y su deuda de gratitud. A su primer chalet, en la parada 27 de Pinares, le puso por nombre La Creciente, el mismo que eligió como título para una de sus novelas. Ella contó que la pudo comprar gracias al éxito editorial de ese libro “profético sobre el futuro de nuestro país”.

Fruto de su relación con el balneario fueron otros tres libros, inspirados éstos en la costa oriental: Mañana digo basta, Mal don y Los despiadados.

De todos ellos, el más controvertido fue Mal don –que tuvo por escenario a Maldonado–, en el que juega con lo que ocurre en las casas de veraneo cuando, en invierno, quedan desiertas. Y en uno de esos chalets dormidos de su ficción instaló Silvina el escondite de un líder del movimiento guerrillero Tupamaros durante el comienzo del gobierno militar uruguayo. Pero es muy posible que la ficción haya tenido mucho de realidad. Y de destino en otro chalet, bastante más modesto, cerca del que fue suyo.

Con un nombre tan a flor de piel, Mañana digo basta transcurre, en realidad, en La Paloma, en un hábil desplazamiento de pocos kilómetros para, en todo caso, evitar escándalos en la punta que había elegido como segundo hogar. Cuenta allí la historia de una mujer madura, porteña, tan harta y cansada que quiere plantarlo todo para vivir el sueño de residir en una casa perdida, junto al mar. Y olvidarse.

Fue y será

¿Qué fue del Che Guevara en Punta del Este? Ocurrió hace cuarenta años, en agosto de 1961, cuando el balneario no era ni la sombra de lo que es hoy, y fue escenario, sin embargo, de una importante reunión internacional de líderes de América latina. El Che, por entonces ministro de Economía del régimen cubano, asistió y se convirtió en el centro de la reunión. Pasó varias horas en La Azotea, la finca del presidente Haedo. Tomó mate, habló con periodistas de todo el mundo, contestó preguntas, polemizó. Y dejó escrito por allí su agradecimiento para quien “comprende el porqué de nuestra revolución y la necesidad de endurecerse, sin perder jamás la ternura”. Bellas palabras que hoy difícilmente conmuevan a los encerrados en la cárcel del régimen.

Pero todos pasaron por allí, por esta Punta del Este que hoy busca espacio desde Laguna del Sauce hasta José Ignacio. La que se extiende en verano y se vuelve somnolienta en otoño. La que fue y la que será. Y la que, pese a todos esos cambios, siempre invita a lo mismo: tirar una piedra al mar y formular un sueño. Suele ocurrir, sobre todo a esa hora santa en la que el sol estalla en rojo. Y se hunde, como la piedra del sueño, en el mar.

Por Silvia Pisani

La Nación Revista

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