22 de julio de 2007

- QUE LO PARIO -



No hay homenaje que alcance

Se fue, víctima de una esclerosis amiotrófica que desde hacía más de un año lo había inmovilizado. Eso no le impidió seguir pergeñando las viñetas que día a día publicaba en el diario Clarín.

Pero Roberto Fontanarrosa fue, además, un eximio cuentista y un novelista ejemplar
Reproducción de un cuento del talentodo "Negro"

“No aspiro al Nobel, me doy por bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: -Me cagué de risa con tu libro”



Un cuento de Fontanarrosa

Viste que todas las narigonas son tetonas? –preguntó el Pitufo cuando el Flaco Damián ya había encarado con el tema del tejido social.

—No me jodás –dudó Pedro.

—Fijate, fijate y vas a ver que tengo razón. Todas las narigonas son tetonas.

—Andá a cagar –se rió el Chelo, pegando con la palma de la mano sobre la mesa–. Che –alertó a los demás–, mirá con la pelotudez que sale éste. Que todas las narigonas son tetonas.

—Mi prima Antonia es narigona y es tetona –corroboró el Peruano que, sin embargo, era uno de los pocos que le había prestado atención al Flaco Damián.

Porque un poco antes el Flaco había sido presentado a la mesa por el Negro, y le habían dado una bola relativa, como era habitual, salvo Pedro, que le extendió la mano, y el Peruano que le dijo que se acercara una silla. El Flaco, ruliento, de lentes, algo narigón, de saco y corbata pero con jeans, se ubicó en un ángulo. Era viernes y en la mesa de “La Sede” estaban casi todos.

—¿Cuál es el tema? –preguntó el Negro tras la presentación, acomodándose y procurando integrarse.

—Chiquito pregunta si se puede mezclar el Viagra con el mate cocido.

Chiquito asintió con la cabeza.

—Me hace el efecto inverso –admitió.

—¿No es un poco temprano para Viagra? –trató el Flaco de meterse en la conversación.

—No, son las ocho –dijo Ricardo–, yo en un rato me tengo que poner en funcionamiento.

—No, digo si no es demasiado temprano, por la edad de todos.

—Vos tenés que conseguir cuerno de rinoceronte, Chiquito, para que se te pare –Pedro se restregó las manos.

—Dicen que es afrodisíaco, ¿no?

—Sí –apuntó el Chelo–. Te lo metés en el orto y te vuelve loco.

—No, pelotudo. Lo rallan y parece que el polvo es afrodisíaco; por eso los cazan tanto a los rinocerontes.

—Un polvo siempre es afrodisíaco.

—Lo rallan y lo usan para cubrir las milanesas como te las hace tu jermu –ejemplificó Ricardo mostrando la mano para arriba y para abajo–. Para que engordés, gordo.

—Le da resultado, te cuento –dijo Belmondo.

—Mierda, qué éxito tuvo ese plato.

—Lo vi el otro día en Discovery Channel, Chiquito –insistió Pedro–. Buscate a alguien que tenga un rinoceronte y...

—A éste ya no hay nada que le dé resultado. Está usando el Gimonte como bronceador.

—Otro que mira el Discovery Channel –rezongó Ricardo, señalando a Pedro–. ¿Por qué no mirás, mejor, la guerra entre las vedettes, boludo, que se dicen de todo en Mar del Plata? Se cagan a cachetazos, se tiran de los pelos...

—Eso es lo que mirás vos, pelotudo, que tenés una teta en el cerebro.

—Mirando siempre esas pelotudeces de los animalitos, los rinocerontes y todas esas chiquilinadas... No sé por qué no les dejan de romper las bolas a esos bichos, que los filman mientras están comiendo, están cagando, están cogiendo... Esas cosas mirás vos...

—Chupame la pija, nabo –dijo Pedro. El Negro lo chistó, riéndose. Con la cabeza le señaló la mesa de al lado, llena de señoras grandes.

—Más despacio, Pedro –se unió el Chelo.

—A ver si alguna me oye y se viene para la mesa –Pedro también se reía.

—Y te hace un pete.

—¿Cuánto le puedo cobrar una tirada de goma?

—Che... –pidió atención el Negro. Lo miraron. Hubo que esperar que Belmondo, en la otra punta, terminara de cuchichear con el Turco–. Che... –repitió el Negro, conseguido el silencio–... acá el Flaco quería comentarles algo. Por eso vino a la mesa.

—¿Sabés cuáles minas están siempre buenas? –Belmondo señaló al Pitufo–. Perdoname un momento, Flaco... Las que van cruzadas de brazos, así...

—Buenísimas –brincó el Pitufo–. Interesante observación.

Como si tuvieran frío, como si caminaran con frío.

—Pero no van así por el frío –aclaró Belmondo–. Van así para sostenerse las tetas. Las que caminan así son tetonas. Fijate y vas a ver...

—Che... che... –repitió el Negro–. ¿Podrá hablar este muchacho?

—Perdoná, Flaco –se echó hacia atrás Belmondo, dando por terminada su intervención–. Perdoná, quería hacer ese aporte nada más.

—La inseguridad. La inseguridad ha hecho también otra contribución notable –intervino el Colorado, que recién llegaba de una mesa vecina–. Las minas que se cruzan la correa de la cartera desde el hombro derecho, por ejemplo, a la cadera izquierda, para que no se la afanen, y la correa les pasa por acá, por entre las gomas, y eso les remarca bien el volumen. Las hace más...

—¿Podrá ser? ¿Podrá ser? –rogó el Negro–. Dale, Flaco. Largá.

—Bueno... –carraspeó el Flaco–... la cosa es así.

El Chelo tomó por el borde una de las mesas –eran dos juntas– interrumpiendo.

—Ricardo –pidió–, ¿la podés terminar con la Singer?

—Sí, terminala –dijo el Peru–. Se mueve todo.

—Este boludo se la pasa moviendo la pierna debajo de la mesa. Y como seguro está apoyado en una de las patas, tiembla todo –le explicó el Pitu al Flaco.

—Parece que estuviera cosiendo a máquina.

—Es el Parkinson, Pitu –dijo Belmondo.

—Tiemblan todos los pocillos, pelotudo –reprochó el Chelo–, parece una de esas películas donde se acerca Godzilla.

—¿Y cuando vos te acercás –contraatacó Ricardo– que ya desde enfrente, antes de cruzar, se sacuden los vidrios?

—Chupame un huevo.

—Este gordo me dice a mí...

—Seguí, Flaco. Y perdoná, pero... –intercedió el Turco.

El Flaco Damián sonrió, restándole importancia a la cosa.

—Yo estoy en un grupo de Estudios Sociales –arrancó– relacionado con Humanidades. Es un grupo independiente, de reflexión más que nada. Lo conduce Marcela Adorno. Y estamos estudiando todo este asunto de la ruptura del tejido social que se ha dado por la crisis económica, el quiebre de la comunicación a nivel medio...

—No de comunicación mediática...

—No. No. Lo nuestro es más modesto, o más inmediato. Nos interesa estudiar el fenómeno de la comunicación humana, urbana, a través de lo que ocurre en las oficinas, en los talleres, en las fábricas. Digamos que estamos estudiando la recomposición del diálogo, incluso entre grupos e individuos aparentemente de diferentes niveles...

—Como acá –señaló Ricardo.

—Eso. Como acá –aseveró, contento, el Flaco.

—Que yo no sé cómo les doy bola a estos fracasados.

—Como acá, como acá –procuró no perder la manija el Flaco–. Por eso vengo, porque, según me contaba el Negro, esta mesa es...

—O al peruca este –siguió Ricardo–. Indocumentado, que vino de Lima a matarse el hambre y ahora critica a San Martín...

—Te sale con que al dulce de leche lo inventaron los incas.

—Esta mesa –reafirmó el Flaco– es un buen ejemplo de individuos que provienen de diversos estratos, de diversas ocupaciones.

—Postiglione, por ejemplo –se irguió el Pitufo–, es pecho frío y, sin embargo...

—Lo respetamos como se respeta a las minorías silenciosas.

—Yo he nacido de una familia patricia de Salta, descendientes de Güemes –dijo Chiquito–. Y no me explico cómo me junto con estos canallones verduleros, peronistas, cabecitas negras. El aluvión zoológico.

—A eso iba, a eso iba... –el Flaco advirtió que perdía consenso–. Entonces, creo que sería muy piola un acercamiento, una intervención de ustedes en los talleres, por ejemplo, de Marcela Adorno...

—¿Está buena? –preguntó Belmondo.

—¿Cuál es Marcela Adorno? ¿La profesora?

—Profesora de Letras –dijo el Flaco.

—¿La narigona, esposa de David Verasio?

—Sí.

Fue entonces que el Pitufo salió con lo de que todas las narigonas son tetonas.

—Es una teoría científica –se exaltó el Pitufo–. Se ve que hay alguna ley física que lo marca así. Del mismo modo que en las costas marinas, a grandes elevaciones, grandes profundidades. Donde hay montañas sobre la playa la profundidad del mar es más grande.

—Porque cae así... –el Turco trazó una línea descendente con el filo de la mano– como acá, en la barranca de Granadero Baigorria.

—¡Mirá con lo que sale éste! –se paró el Pitufo–. Con la barranca de Granadero Baigorria.

—¿No está el remanso Valerio ahí, pelotudo?

—Yo le hablo de Río, de la Costa Azul, de los fiordos noruegos, de Cadaqués...

—Sabés cuántos se cagaron muriendo ahí...

—... y éste me sale con eso, con Granadero Baigorria. Es de cuarta.

—Puede ser que haya un orden anatómico –dudó Pedro–, ergonómico, que indica que la mujer con nariz grande es tetona.

—¡Y éste le cree! –se sacudió el Chelo–. ¡Qué boludo, se prende en cualquier barrabasada!

—¿En el hombre no se da?

—No. En ese caso son pijudos.

—Bueno... Se ve que no es tu caso. En tu barrio te decían el Ñato, ¿no?

—Yo me operé, nabo.

—¿Te hiciste la cirugía de nariz?

—No, me corté ocho centímetros de poronga. Los doné a los Estados Unidos para que estudiaran cómo es el macho argentino.

—Lo tienen en formol en la Nasa.

—Pero... –reflexionó el Turco– hay una cuestión de equilibrio, boludo. Una mujer de nariz grande y tetas grandes se cae de jeta.

—Se cae para adelante.

—Debe ser –se metió Belmondo– que la naturaleza, en su sabiduría, le da a la narigona mucha teta para que los machos no le miren el naso y ella no se avergüence.

—Ojo que aquí, el quía... –Ricardo se echó hacia atrás en su silla, para que no lo viera el Flaco, y deslizó los dedos sobre la nariz, hacia la punta, como estirándola– también tiene lo suyo, vayan respirando por turno porque...

—Yo conozco una mina que es narigona y no tiene nada de tetas.

—Se habrá operado.

—¿Qué? ¿Se agregó nariz?

—No. Se sacó tetas, pelotudo.

—¿Se hacen eso las minas?

—Yo conozco una que se sacó como dos kilos.

—Algunas, para no andar sacándose un poco de cada lado, se sacan una sola, entera.

—Como las amazonas.

—O se las cambian de lugar, la derecha pasa a la izquierda y la izquierda a la derecha.

—Como la rotación de las ruedas de los autos.

—Uy, boludo –se tocó la frente el Turco–, me hiciste acordar de que tengo que hacer eso...

—Algunas porque tienen un bebé y les chupa siempre del mismo wing...

—Acá, el Chelo tomó la teta hasta el año pasado.

—A las de adelante ya se les borró el dibujo. Las de atrás todavía aguantan.

—Flaco –de repente Ricardo volvió a Damián, que había optado por mirar fijamente su carpeta, mordiendo la birome–. ¿Y hay algún mango en ese asunto, en el del grupo de reflexión, por participar?

El Flaco se rió.

—¿Si hay que pagar, preguntás vos? –siguió la broma. Se lo notaba un tanto resignado.

—Un cachet digo, una moneda, alguna colaboración... Algo acá, para los muchachos...

—De veras que éste es un caso interesante –arremetió Damián, jugando su última carta–, porque según me cuenta el Negro, se trata de una mesa aluvional, donde ustedes se han ido juntando un poco al azar, de pedo, porque uno es amigo de un amigo, otro...

—Otro era el novio del Pitufo.

—¿Podés creer? –resopló el Peruano–. El novio de mi hija le regaló un perro.

—No digás.

—Cachorro. Pero después se ponen enormes esos bichos. Un labrador, para colmo.

—¿Y para qué querés un labrador? No tenés campo. Ni jardín tenés. Te hubiera traído un electricista.

—Y después el novio de tu hija se pira y te queda el perro rompiendo las bolas.

—Eso pasa siempre. A la mía una vez le regalaron un hamster. El noviecito duró una semana y el hamster tres años, bicho hijo de puta...

—A mí se me escapó el perro, ¿podés creer? –el Turco miraba al infinito.

—Y bueno... Si no le das de comer...

—Estás en pedo. ¿Sabés cómo comía? Mi pibe más chico está desconsolado...

—Che, Flaco, perdoná –elevó la voz Pedro–, terminá con este asunto, redondiemos la idea porque, como nuestro nivel de atención es reducido... ¿Cómo sería el asunto? ¿Hay que ir a algún lado? ¿Hay que...?

El Flaco Damián tomó aire, se pegó con la base de la birome en los dientes y se aprestó a intentar de nuevo.

—Y hasta el perrito compañero... –canturreó Ricardo, riéndose.

—... que por tu ausencia no comía... –se unió el Chelo, también a las carcajadas.

—... al verme solo el otro día, también se fue –terminaron los dos al unísono.

—Ojo, ojo, ojo –casi se puso de pie el Pitufo–, que ese tango replantea muy seriamente la verosimilitud de lo que se dice de que los perros son tan fieles, el mejor amigo del hombre y todo eso.

—Perro hijo de mil putas, apenas lo vio solo a ese muchacho se fue a la mierda...

—Ah sí, viejo –se enojó el Chelo– si vos no le das de comer o lo cuidás, cómo querés que se quede con vos.

—¡Porque es tu amigo, querido –saltó Ricardo–, y te debe lealtad!

—Lealtad, las pelotas –dijo Belmondo–. Seguro que ahí la que le daba de comer era la mina. Cuando se piró la mina el tipo ya se tiró al abandono y no le daba ni cinco de bola al perro ese.

—Porque ese tango es engañoso –agitó el dedo índice el Pitu–. Narra ese acontecimiento como al pasar, sin darle importancia, pero no es un dato menor que un perro argentino se raje de la casa porque el tipo se quedó solo.

—Era un dogo argentino que no reconoce al dueño.

—¡El perro –Ricardo golpeó con el puño contra la mesa– se tiene que quedar ahí con el dueño aunque el dueño sea un pelotudo al que lo cagó la mina, porque para eso es un perro de tango! ¡Si quiere comer bombones o canapés que labure en un bolero!

—Vos porque sos un negro esclavista que todavía creés en la servidumbre... ¡Hizo bien el perro en pirarse! ¡Mirá si lo va a tener que aguantar al amargo del dueño llorando por los rincones porque lo cagó la mina, que para amargo ya lo tenemos al pecho frío de Chiquito que no me deja mentir!

—Se tiene que quedar con el dueño –terció el Peruano– que le dio de comer durante años cuando estaba en la buena. Resulta que ahora que el tipo está en la mala el perro se raja.

Ricardo le dio la mano.

—Y te lo dice –señaló al Peruano– un hermano latinoamericano sojuzgado, que les ha besado las bolas a los españoles durante años y sabe lo que es obedecer y...

—Bien que a los faraones los enterraban con sus perros.

—Sí, pero hubo faraones que cuando se les murió el perro no se quisieron enterrar con él ni en pedo.

—Es el eterno tema del poder.

—Como Tutankamón, por ejemplo. Tutankamón, cuando le dijeron que se tenía que enterrar con su perro, los mandó a todos a la concha de su madre.

—Un chihuahua, para colmo.

—Claro, había chihuahuas en Egipto.

—Lógico, boludo. Aparecen en los dibujos que ellos hacían en las pirámides. De perfil aparecen. Lo que pasa es que aparecen chiquitos. Son chiquitos y aparecen más chiquitos todavía.

—Pensá que esos dibujos son reducidos.

—Son fotocopias. A esos dibujos arqueológicos, tan valiosos, no los van a poner en las paredes para que los turistas los escriban todos.

—“Pepe y María”.

—“Chelo y Norberto”. Eran egipcios pero no boludos. ¿Por qué pensás que Tutankamón duró hasta ahora embalsamado? Ni fecha de vencimiento tiene el cajón.

Ya afuera, en la esquina, el Negro la hizo corta, algo incómodo tal vez.

—Chau, Flaco... –saludó a su amigo, al que había acercado infructuosamente a la mesa–, después te hablo –y se fue para calle Urquiza.

El Flaco amagó irse hacia Corrientes pero volvió, dubitativo.

—¿Adónde vas, Flaco? –le preguntó Pedro, que salía, las llaves del auto en la mano.

Ya en el auto, el Flaco se quedó en silencio, tironeando algunos pelos de su barba rala, mientras Pedro maniobraba con el volante para salir por San Lorenzo hacia Mitre.

—Es un grupo... algo... –dijo el Flaco.

—Disperso –se rió Pedro–. Muy disperso. Difícil que se pueda mantener un tema de conversación por mucho tiempo.

—Sí... pero... A veces uno supone que... no sé... podrían tocar temas un poco más...

—Profundos –rió Pedro.

—Profundos. O al menos, serios. Será por esa imagen popular de los tipos que intentan arreglar el mundo en una mesa de café, la filosofía de café.

—¿Vos conocés algún tipo que haya arreglado el mundo desde una mesa de café?

—No.

—Porque lo de Hitler fue desde una cervecería...

—No sé –insistió el Flaco–, al menos intentar responder a los interrogantes del ser humano.

—La vida, la muerte –enumeró Pedro–, la razón del Ser, la eternidad...

—Sin llegar a eso. Pero...

—¿Sabés qué pasa, Flaco? –Pedro se puso serio–. Nosotros ya pasamos por eso...

—¿Cómo... ya pasaron? –lo miró el Flaco.

—Claro. Ya pasamos por eso. Son temas que tenemos superados. Aunque te parezca una boludez, cuando uno alcanza un nivel de charla como el que vos oíste hoy, por ejemplo, es porque ya se ha superado un montón de incógnitas, de problemas, de contradicciones, de dudas. Y puede acceder entonces a lo trivial, a lo doméstico, a lo inmediato. Ya con tranquilidad, sin culpas. Es cuando uno ya está de vuelta, o sin expresarlo tan taxativamente, cuando se ha alcanzado cierta armonía.

El Flaco miraba ahora hacia adelante, aferrado a su carpeta.

—Tenés que andar muy bien, pero muy bien del bocho –siguió Pedro–, para poder acceder, para poder darte el lujo de hablar de todas estas cosas.

—En la esquina. Dejame ahí nomás –señaló el Flaco.

—Y algo más –Pedro no quiso dejar las cosas así–. Algo fundamental que nos convenció de alejarnos de los temas medulares... –paró el auto–. Vos habrás leído los aportes de Platón, Aristóteles, Sócrates, Demóstenes, los grandes pensadores...

—Sí.

—Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá el mundo de mierda que nos dejaron. Mirá de qué carajo sirvió todo eso que se les ocurrió.

El Flaco se quedó mirando hacia afuera a través del parabrisas, tomado de la manija interna de la puerta.

—Chau –dijo. Se bajó en Maipú y San Lorenzo y encaró hacia Santa Fe, tras alguna vacilación.

El auto de Pedro se alejó con un bocinazo. El Flaco saludó, como al descuido.

Roberto Fontanarrosa

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