28 de marzo de 2007

- HOMBRE Y COMPU -



El hombre como organismo cibernético


Por Juan José Sanguineti
Para LA NACION


Nuestra cultura es tecnológica porque, en lugar de limitarnos simplemente a trabajar manejando artefactos técnicos, creamos un universo de aparatos que realizan el trabajo "por su cuenta" y potencian de un modo prodigioso nuestras posibilidades.

Las máquinas automáticas ejecutan con "autonomía" secuencias de acciones destinadas a obtener resultados definidos. Llegan mucho más lejos que nuestras posibilidades individuales. Y así extienden enormemente nuestro dominio de la naturaleza. Basta pensar en la ampliación de posibilidades que nace de las naves espaciales, las centrales nucleares, los aceleradores de partículas. Las usamos en el sentido de que las "manejamos": caen bajo nuestro control y dirigimos sus operaciones hacia donde nos interesa.

Con la revolución informática que se inicia a mediados del siglo XX, la automatización llegó al tratamiento de la información, por los que penetró en dominios que antes parecían reservados al procesamiento cerebral y a la potencia de cálculo de la mente individual (una potencia muy limitada).

La tecnología informática es una tecnología de la inteligencia racional. Como toda tecnología, se "separa" del hombre y se hace autónoma en los aparatos, aunque el hombre la manipula e intenta tener con ella una relación "amable". Ahora podemos fabricar robots o máquinas inteligentes, que trabajan "inteligentemente" y que nos asesoran en los aspectos técnicos implicados en nuestro trabajo profesional (ingeniería, medicina, elaboración de textos, etc.), incluso "tomando decisiones" que podemos hacer nuestras.

Lo increíble es que no todo se acaba aquí. La nueva frontera de la tecnología de la inteligencia es capaz ahora no sólo de actuar en el mundo, sino de colaborar con los procesos informáticos de tipo neurofisiológico.

Es antigua la tecnología aplicada al cuerpo, por ejemplo en la cirugía. Pero la novedad aquí es que el automatismo de las tareas informáticas puede intervenir en nuestro organismo subsanando sus defectos y mejorando sus prestaciones, especialmente sensoriomotrices. Este es el campo de la neuroingeniería computacional.

Son como tres grandes oleadas de la tecnología: el maquinismo "energético", la informatización de los procesos cognitivos y, ahora, la incorporación de la máquina informática en el cuerpo humano, concretamente en el sistema nervioso, en cuanto parte de nuestro cuerpo destinada a elaborar la información al servicio de nuestras funciones psicosomáticas y neurovegetativas.

Control por computadora

Un dispositivo electrónico implantado en una estructura nerviosa dañada (por ejemplo, una prótesis coclear como sustitución de la cóclea, parte del oído interno que transforma los estímulos sonoros en impulsos nerviosos codificados) permite oír a algunos pacientes sordos.

Y así, con la implantación de biochips en ciertos sectores del sistema nervioso (neuroprótesis), es posible lograr en pacientes la recuperación de sensaciones (vista, oído, tacto) o del control de movimientos perdidos (en sujetos tetrapléjicos y en el futuro en otras enfermedades que afectan la motricidad).

Desde una computadora se puede controlar, de este modo, la recepción de estímulos nerviosos. Y, al revés, las señales producidas en la corteza, conectadas con computadoras, pueden lograr un control muscular o incluso mover desde lejos robots, máquinas o cursores de computadoras por medio de ondas de radio (sin cables).

De alguna manera, con el solo pensamiento parece que se podría mover un miembro o un objeto externo, incluso lejano, aunque en realidad no es el puro pensamiento el que hace esto, sino el comando motor cerebral (señal nerviosa) que en el hombre deriva de su pensamiento encarnado en actos imaginativos y conectados con emociones (por ejemplo, imaginar que uno está moviendo la mano, o apretando una tecla, o moviendo un cursor).

En la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, con un experimento efectuado en 2003 se consiguió que unos monos con electrodos conectados a ciertas partes de la corteza cerebral movieran brazos robóticos distantes con sus deseos o comandos. Ejemplos como éste, también en seres humanos, poco a poco van siendo más numerosos, por ejemplo, los experimentos del neurólogo John Donoghue, en la Brown University (Providence, Estados Unidos), en relación con la interfaz máquina-cerebro.

Son notables las investigaciones que se están realizando en el campo de la neurorrobótica, en la Escuela Superior de Sant Anna (Pisa), con la dirección de Paolo Dario. Otro ejemplo es el de Kevin Warwick (Universidad de Reading, Reino Unido), profesor de cibernética que se ocupa de la implantación de chips en el sistema nervioso (proyecto Cyborg, término que alude a la unión del organismo con aparatos informáticos: "organismo cibernético").

Máquina, organismo y mente

En los próximos años la incorporación de la tecnología "inteligente" a los controles nerviosos podrá perfeccionarse, abaratarse comercialmente y extenderse a nuevas situaciones.

Estamos ante una nueva modalidad tecnológica en la que la creación de máquinas, típica del Homo sapiens , una vez más prolonga la acción del hombre en el mundo de la materia, esta vez en su propio organismo. Poco a poco nos vamos acostumbrando a que esto sea así también en el campo informático, tan propio de la vida y del psiquismo.

Y esto no pone en peligro nuestra identidad como personas humanas, no obstante las inevitables reacciones desmedidas que ven en este nuevo frente tecnológico la amenaza o, en el otro extremo, el sueño utópico de la creación de una nueva especie de hombre "mitad humano" y "mitad máquina" (el "hombre biónico", el cyborg ).

Los riesgos de abusos existen, sin duda, pero ya sabemos que la ética debe controlar a la tecnología. En este tema, lo que se pide es la salvaguarda de la acción personal, proveniente de un sujeto autoconsciente y libre. Siempre se podrá dañar o impedir el acto humano, con todo tipo de medios, pero no debemos hacerlo.

Las investigaciones actuales de la neuroingeniería computacional, con los ejemplos vistos, se mueven en el terreno de la potenciación de funciones sensomotrices. Con la bioingeniería podremos controlar, cuando haga falta, la dimensión neurovegetativa y somatosensitiva de nuestra personalidad, en el respeto del bien de la persona y de sus actos más significativos.

Está por verse hasta qué punto ese control puede incidir sobre las bases neurológicas de nuestro pensamiento y volición, con sus emociones y tendencias, entre las que prima el amor humano y la actitud personal ante los valores más altos (amistad, amor a la ciencia, arte, religiosidad, honestidad moral).

La parte alta de la persona (el "yo" en su sentido profundo, moral, religioso, sapiencial, personal) no nace de procesos neurales, aunque sí está condicionada por el dinamismo neurológico.

La neuroingeniería del futuro podrá facilitar el acceso mental a más información y fortificar nuestra memoria, como en otro sentido ya lo ha hecho la computación, pero no podrá causar el amor, las respuestas morales o los sentimientos espirituales más elevados y, si se pretende que sí podría hacerlo, entonces es que esa parte elevada de la persona es ignorada, o quizá dejaría de estar activada, como puede suceder también por efecto de drogas y otros atentados al psiquismo de la persona.

Cuando decimos que la tecnología "se maneja", queremos indicar que con la mano, la parte de nuestro organismo que goza de más grados de libertad de movimiento, disponemos voluntariamente de sus usos y aplicaciones. La mano, como ya vio Aristóteles, es el instrumento de la racionalidad humana en el dominio del mundo.

Aunque el control tecnológico ahora pueda correr a cargo del movimiento de los ojos o de los comandos nerviosos, no por eso deja de estar "en nuestras manos", es decir, en dependencia de nuestra libertad racional.

Todo nuestro cuerpo está implicado, en realidad, en la conducta intencional del hombre en el mundo humano: el cerebro, como procesador de información; el rostro, como órgano de comunicación humana; el aparato vocal, como instrumento físico del lenguaje; las manos, como órgano de la acción racional sobre las cosas materiales.

La neuroingeniería está dando una peculiar relevancia a la convivencia entre nuestro organismo, las máquinas y los procesos mentales, que sólo son posibles cuando nuestro sistema nervioso funciona oportunamente.

Lo que se perfila en el horizonte no es la figura del cyborg de la ciencia-ficción, sino la persona humana en una nueva etapa de su desarrollo tecnológico. Este desarrollo debe estar al servicio de los fines más hondos de la existencia humana. La dimensión ética de la vida garantiza, precisamente, el "recto orden" de la razón.

El autor es profesor de Filosofía del Conocimiento en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, de Roma.

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